Vuelvo de Jarabacoa con la misma sensación de siempre: esta tierra promete una eterna primavera, pero sus montañas están siendo agredidas sin piedad. Lo he visto con mis propios ojos y lo confirma la crónica de AlMomento.net,
La visión es demoledora: laderas desfiguradas, vegetación arrancada, construcciones que avanzan sin control. Se nos llena la boca con el ecoturismo, pero en la práctica permitimos que el desarrollismo salvaje se coma el paisaje que precisamente atrae a los viajeros. ¿Qué vendemos entonces? Una postal falsa.
Y aquí viene mi opinión afilada: la culpa no es solo de los constructores. Es del vacío regulatorio, de la permisividad municipal y de una industria turística que mira para otro lado. Si no exigimos ordenamiento territorial, Jarabacoa será el caso de estudio de cómo cargarnos nuestro propio producto.
La oportunidad está en frenar a tiempo y apostar por un turismo de montaña de calidad, no por parcelas hormigonadas. Aún podemos salvar la eterna primavera, pero el reloj corre.
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